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Los juegos del hambre

Actualizado: Mié, 02/12/2015 - 09:58

Maribel, una lectora de Madrid, pregunta por qué ir a la playa o andar por la montaña abre tanto el apetito y, también, si hay estimuladores naturales del hambre.

Por empezar por el final, muchas madres y padres se plantean la misma pregunta al observar como sus churumbeles no comen tanto como ellos querrían. Aunque hay diferentes tipos de sustancias para estimular el apetito –desde elaboradas con jalea real hasta medicamentos específicos, que no te aconsejamos– es mejor hacer caso al nutricionista Julio Basulto cuando afirma que no hay que forzar, coaccionar, presionar, sobornar, amenazar o el sinónimo que se prefiera, a un niño para que coma la cantidad y el tipo de alimentos que sus padres tienen en la cabeza, ya que los niños son muy sabios y, salvo que estén enfermos, comen lo que les hace falta, por más que su apetito sea errático e imprevisible. Leamos a Basulto en la página 159 de “Se me hace bola” (editorial DeBolsillo):

“Hay miedos racionales e irracionales. El miedo a caminar por la vía del tren un túnel oscuro, a nadar en un mar embravecido o a dormir en una jaula con serpientes venenosas son miedos bastante racionales. El miedo que sufre la aldea de Astérix y Obélix a que el cielo se desplome sobre sus cabezas es un miedo irracional. Y el miedo de los padres a que sus hijos estén faltos de vitaminas y/o malnutridos, cuando estamos en un país que ocupa los primeros puestos de una pandemia llamada obesidad infantil, es también un miedo irracional (…) Estamos sobrenutridos, adultos y niños, así que no deberíamos trasmitir de ninguna manera a nuestros hijos que la educación pasa por “comer de todo” o por limpiar lo que nos han servido en el plato”.

Pero, como decía Jack el Destripador, vamos por partes… En relación a si el ejercicio da hambre, cualquiera que practique actividad física conoce la respuesta: en un primer momento, el ejercicio no abre el apetito, sino al contrario, llega a disminuirlo (especialmente, los ejercicios de resistencia), aunque, al cabo de un rato, es verdad, lo normal es tener más hambre que Carracuca (un personaje que, al parecer, no existió en la vida real, sí en varias obras de teatro, al que se le atribuyen todo tipo de tribulaciones y adversidades).

Pero hay muchas más cosas que pueden llegar a dar hambre: bostezar, por ejemplo. Aunque se desconozca, no solo los humanos bostezamos, sino también otros animales como los monos y los perros, incluso ciertos pájaros y peces, normalmente a causa del sueño o del hambre. Algunos cocineros también apuntan el efecto que tienen algunos colores sobre el apetito, como el rojo de los tomates, tonalidad que, al parecer, eleva imperceptiblemente el ritmo respiratorio y estimula el apetito, razón por la que suele ser uno de los colores claves de la paleta culinaria de los chefs más prestigiosos. Lo mismo se dice del naranja, que contribuye a aumentar el suministro de oxígeno al cerebro y también produce hambre (el color azul, en cambio, parece ser un supresor del apetito, ya que hay poquísimos alimentos en la naturaleza de este color, razón por la que se ha documentado que instalar una luz azul en el refrigerador cuando se está a dieta puede reducir el ansia de comer). Pero hay muchos más estimulantes naturales del apetito: dormir a pierna suelta, salir hasta altas horas de la madrugada o fumar marihuana, en tanto el THC, el ingrediente activo del cannabis, estimula el apetito, según observa este estudio publicado por Nature Neuroscience

Por último, un posible motivo por el cual la playa da hambre (un día intentaremos investigar por qué la arena, el sol y el embate de las olas dan ganas de comer algunos platos en concreto, como paella valenciana o gazpacho andaluz) los nutricionistas consultados se decantan por varias hipótesis. Los hay que creen que se trata de una creencia popular sin fundamento. También hay quien apunta que los ambientes salinos favorecen que el cuerpo se deshidrate y tenga hambre. Sin embargo, no parece haber una única respuesta para la pregunta del millón, en tanto intervienen factores internos –la predisposición del apetito está regulada por hormonas como la leptina y la grelina– y externos. Sin ir más lejos, un estudio de la Universidad de Northwestern (EE.UU.) revela que la luz solar influye directamente en la regulación del hambre, lo que podría explicar que después de una mañana en la playa o tras una caminata por la montaña se tenga un hambre de mil demonios, incluso más.

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