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¿Por qué comemos como comemos?

Actualizado: Jue, 28/11/2013 - 11:56

El aumento de la prevalencia de enfermedades relacionadas con los malos hábitos alimentarios y de estilo de vida es un hecho que lleva décadas preocupando tanto a consumidores como a empresas y administraciones. Mensajes y campañas, alimentos de diseño, información y formación sobre la alimentación y la salud forman parte de ciertas estrategias, por lo demás bastante habituales, cuyo objetivo es convencernos de que tenemos que cambiar de vida y orientar nuestros hábitos a la salud.

Pero… ¿sabemos lo que debemos hacer? Precedidos por un “ya lo sé”,  el común de los mortales usa con asiduidad esloganes o refranes como “cinco al día”, “menos silla y más zapatilla”, “un segundo aquí –señalando la boca– y toda la vida aquí –señalando las cartucheras–”, etc. Está claro que décadas de bombardeo informativo sobre lo que es bueno y lo que no lo es tanto, aderezadas con un poco del menos común de los sentidos, han propiciado la penetración de estos mensajes.

Por lo tanto, es un hecho bastante evidente que la población posee conocimiento como para, al menos, realizar algunos cambios de hábitos (por ejemplo, consumir más fruta y verdura y realizar más actividad física) cuyo impacto redundaría de manera clara en el propio estado nutricional y en la forma física, mejorando sin duda la salud. Es más, la población conoce incluso algunos de los hábitos que resultan más perjudiciales, como excederse en el consumo de alimentos muy procesados o ricos en azúcar, por poner un simple ejemplo.

La pregunta es inevitable: ¿Por qué no hacemos lo que se sabemos que debemos hacer? O ¿Por qué hacemos lo que sabemos que no debemos hacer?

Con los ojos bien abiertos y cariacontecidos, al grito de “¿cinco?... ¿cada día…? ¡Imposible!” nos mostramos convencidos de que llegar a consumir la cantidad recomendada de fruta y de verdura es una utopía, y con un lánguido “¿Cuándo?” mientras nos encogemos de hombros despachamos cualquier intención de realizar actividad física. Eso sí, un “…dicen que no son malos de vez en cuando…” justifica el abuso de consumo de bebidas refrescantes, de fast food refinado y calórico o de incluso bebidas alcohólicas. Lo hacemos aun conociendo la importancia para la salud de estas acciones. Luego podríamos llegar a concluir que la información no es suficiente para que la población adopte patrones de vida saludables.

Este fenómeno se encuentra estrechamente relacionado con el entorno, con el famoso “ambiente obesogénico”, ya que son los precisamente los entornos los que nos facilitan realizar este (y cualquier) tipo de acciones. De hecho, se pueden crear entornos favorables al consumo o no consumo de cualquier producto. Es más, modificando el entorno se puede modificar el comportamiento de las personas.

¿Cómo? Hace décadas que existen teorías científicas que descubren los secretos que explican por qué las personas tomamos determinadas decisiones, como, por ejemplo, comer de determinada manera. Un ejemplo de ellas es la “Teoría del Comportamiento Planificado”. En ella se desgranan uno a uno los factores que hacen que cada uno de nosotros decidamos, por ejemplo, consumir un alimento u otro. Se llaman “determinantes del comportamiento” pero a partir de ahora yo los llamaré “razones”.  Esas razones son tanto propias de la persona como del entorno y nos empujan a decidir y actuar y en relación a la alimentación. Son, entre otras: el conocimiento (saber si un alimento o patrón de consumo es o no saludable, por ejemplo), los aspectos sensoriales (palatabilidad), la oportunidad (si es cercano y además barato), las habilidades (que para consumirlo se necesite algún conocimiento o herramienta), los modelos (personas que con sus hábitos nos influyen o empujan a imitarlos), las recompensas (algún atractivo regalo) o incluso aspectos emocionales (que nos transmita, por ejemplo, “buen rollo”).

Haciendo un breve repaso de las citadas razones podemos ver cómo “conocer” si un patrón de consumo de un alimento “es o no saludable” es solo una entre muchas de las razones que harán que comamos o no un alimento. Basta con repasar las estrategias de las grandes marcas de bebidas refrescantes y del fast food para apercibirse de que cuidan todas y cada una de  estas razones que hacen que decidamos consumir un alimento determinado, excepto una: los motivos de salud (porque no hay mucho donde rascar…). Pero no lo dudes, en la decisión final influyen también el resto de razones. Analicémoslas una a una:

  1. Aspectos sensoriales: independientemente de los gustos personales, tienen un atractivo sensorial extremadamente cuidado que llega incluso a saturar (placenteramente) sentidos como el olfato y el gusto.
  2. Oportunidad: son extremadamente accesibles. Físicamente, ya que podemos llegar a ellas a pie o en coche o nos las pueden traer a casa en el supuesto de tratarse de comida. En el caso de las bebidas, la cosa es ya más cruda ya que pueden incluso monopolizar la oferta en establecimientos hosteleros (¿Entre cuántas bebidas de cola puedes elegir en un bar? Tic…tac… tic…tac…). Por otro lado el precio, no hace falta tirar de herencia para ponerse las cartolas a base de estos productos. Incluso los niños no son un problema, todo está preparado para que lo pasen en grande sin “molestar demasiado”.
  3. Habilidades: no necesitamos conocimientos de selección o de preparación, tampoco herramientas para su consumo, están preparados para abrir y zampar.
  4. Los modelos: en numerosas campañas emplean personajes famosos, por ejemplo de películas (para atraer, entre otros, al público infantil).
  5. Las recompensas: todos esos regalitos para los niños, 2x1 y tal.
  6. La emocionalidad: en cualquier campaña publicitaria se transmite bienestar, la gente está contenta, se disfruta de la vida, se saborea la “felicidad”, etc.

Así, si un alimento es sabroso, fácil de conseguir, barato, fácil de comer, lo come y recomienda mi personaje famoso preferido, incluye un regalo y transmite (por ejemplo por el entorno en el que se vende, ambiente, música, etc.) buen rollete, la gente lo consume, incluso en exceso, aun a sabiendas de que no beneficiará su salud.

Viendo todo esto, se confirma lo que antes comentaba: la información no es suficiente, incluso puede llegar a no importar o ser decisiva, cuando hay muchas otras razones que nos empujan a consumir. Cuidando todas las razones que determinan nuestro comportamiento se consigue que la gente tenga hábitos de consumo que sabe que no son saludables. Un claro ejemplo de lo expuesto es lo que ha ocurrido con el hábito tabáquico: mientras ha sido accesible y barato y se podía consumir sin restricciones (disponibilidad), lo consumían artistas y demás famosos y era un símbolo de estatus (modelo), la gente fumaba más. A pesar de que se ha intentado informar mediante agresivas campañas a los fumadores, han sido las políticas que redundan en su disponibilidad (precio, lugares en los que se puede consumir), los modelos (prohibición de aparecer en medios audiovisuales) los más efectivos en la disuasión.

Para finalizar, es necesario recalcar que para modificar un hábito, la información no es suficiente, ya que las empresas de alimentación conocen y utilizan con éxito la base científica que explica qué y cómo decidimos comer.

La siguiente reflexión es obligatoria: ¿por qué no se hace lo mismo para fomentar hábitos alimentarios saludables?

 

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Does food marketing need to make us fat? A review and solutions. Pierre Chandon and Brian Wansink. Nutr Rev. 2012 October; 70(10): 571–593.

Is Food Marketing Making Us Fat? A multi-disciplinary review. Pierre Chandon, Brian Wansink. (Foundations and Trends(r) in Marketing). Now Publishers. 2011.

An Overview of Food Choice and Dietary Change: Implication for Nutrition Education. En: Nutrition Education. Linking Research, Theory, and Practice (Second edition). Isobel R. Contento. Jones and Barlett Publishers 2011.

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