Un día con Fede Aparici, de “Naranjas Lola”

Actualizado: Vie, 30/01/2015 - 11:07

“Comer o no comer” visitó a finales de diciembre de 2014 uno de los campos en los que “Naranjas Lola” cultiva sus ya celebérrimas naranjas y tomó buena nota de los siempre nutritivos comentarios del fundador, Fede Aparici, el “padre” de esta empresa que toma el nombre prestado de su media naranja.

Ésta es la historia: en 1998, Federico Aparici y su mujer, Dolores Colomar (quien da nombre a Naranjas Lola), decidieron dejar la esclavitud que suponía la venta de sus naranjas a intermediarios a un precio que hacía muy difícil la subsistencia de un producto de calidad y, con la ayuda de sus hijos, Federico y Juan, lanzaron el primer negocio español de venta de naranjas por internet. Sucedió en Cullera, una localidad situada a unos 40 kilómetros de Valencia, donde la huerta se manifiesta en todo su esplendor.

Desde entonces, esta empresa familiar valenciana ha conseguido servir naranjas recién cogidas del árbol a muchos clientes anónimos, pero también a algunos muy conocidos como Ferran Adrià,  los hermanos Roca del restaurante El Celler Can Roca, Martin Berasategui, Amancio Ortega, Adolfo Domínguez, Abraham García –el alma máter del restaurante Viridiana es una fan declarado de las mermeladas de mandarina y naranja que elabora esta familia–, Miguel Indurain, Perico Delgado, Vicente del Bosque, Carles Francino, Ana Duato, Mariano Rajoy –“aunque la que compra es su mujer”, puntualiza Aparici–,  e incluso la Casa Real.

“He de aclarar una cosa: nosotros no reservamos las mejores naranjas para nuestros clientes más selectos, sino que las naranjas son las mismas para todos. Es verdad que a veces alguien nos pide que le sirvamos naranjas del mismo árbol que el Rey, pero enseguida le hacemos saber que aquí no hay naranjos reales”, recalca Aparici tras señalar que hará unos diez años recibió un correo de la Casa Real en donde se le requería información de sus productos, “aunque tengo que puntualizar que no me escribió el Rey, sino su jefe de compras”.

Con todo, la lista de restauradores que reconocen consumir esta marca de naranjas es más extensa: Oscar Velasco –del restaurante madrileño Sant Celoni–, Víctor Arguinzoniz –Asador Etxebarri–, Salvador Gallego –“El cenador de Salvador”–, Andoni Aduríz Mugaritz”–, Abraham García –“Viridiana”–…

Pero que quede claro –señala Aparici– que “Naranjas Lola” se dirige a personas normales y corrientes de cualquier sitio de España que quieran recibir naranjas, mandarinas, limones o pomelos de gran calidad y respetuosos con el medio ambiente en menos de 24 horas”.

De hecho, “Naranjas Lola” solo sirve productos de temporada, por lo que a día 28 de enero de 2015 no es posible comprar limas, tomates, sandías, melones, pimientos o cualquier otro producto que no brote en invierno, por lo que se emplaza a los interesados a que dejen su dirección de internet o de whatssapp para avisarles cuando estén disponibles unos meses más tarde.

El motivo de la visita era conocer el modo de hacer de esta empresa y cómo el éxito cosechado con las naranjas le ha permitido a “Naranjas Lola” recuperar posteriormente variedades valencianas de tomate de hace 50 años, es decir, tomates artesanales de temporada en lugar de cilindros rojos insípidos. “Antiguamente, cada labrador tenía una semilla que pasaba de un año para otro”, cuenta el patriarca de esta empresa sobre los verdaderos tomates con sabor a tomate. “Un buen tomate –prosigue Aparici– es la suma de una buena semilla, sol y agua. Aquí utilizamos una tierra que no es arcillosa, que abonamos como se ha hecho toda la vida, con compost de oveja, cabra, caballo y otros animales. Tampoco rociamos a los tomates con aceite para que retengan más agua y aumenten de peso artificialmente. Sin embargo, esto tiene un precio: en lugar de producir 10 ó 12 kilos por planta, las nuestras dan entre 5 ó 6”, indica. Otra cosa, en cambio, es el gusto, que también es el doble de bueno: se trata de tomates compactos, y no huecos como los que dan las semillas más productivas y con una gran espina dorsal blanca, sino deliciosamente carnosos.

Mientras explica esto, Fede Aparici recorre a buen paso un soleado campo de naranjas con una casa típicamente valenciana en medio, con su alberca para el riego y el corral vacío de gallinas que el fundador de “Naranjas Lola” adquirió a otro agricultor valenciano que, por lo que puede verse, era un auténtico enamorado de las palmeras y cactus. Sin embargo, las auténticas joyas de la corona son los cítricos. Los hay de todos los tipos: naranjas, mandarinas –una de las últimas variedades cítricas que se introdujo en Europa, ya en el siglo XIX–, pomelos –un cítrico híbrido que tiene su origen en el Caribe y que no desembarcaría en tierras valencianas hasta 1910–, limones, limas, limequats –pequeños y amarillos se comen enteros: su piel es dulce y su pulpa muy apreciada en la repostería– y kumquats –una naranja enana que está muy buena en almíbar–, naranjas chinas –unas naranjas muy chiquitinas que se comen con piel y todo–…

Pero, sobre todo, lo que hay en los árboles son naranjas. A las variedades tradicionalmente cultivadas en España se han unido otras que permiten escalonar la producción, como la Navel Late –“la mejor naranja que hay, aunque ya casi no se encuentra porque es muy delicada y no tiene un tamaño que le permita ser comercial”, remarca Aparici–, la Lane Late (también muy dulce) o la típica naranja sanguina valenciana –cuya pulpa recuerda el color de la sangre–.

Aparici reclama la atención sobre una pequeña naranja que por dentro contiene una bolitas muy parecidas a las del caviar y cuyo sabor es igual de intenso. Según explica, algunos utilizan las “huevas” de naranja para el gin tonic, aunque donde mejor lucen es en el campo. Las probamos y el sabor es espectacular, una auténtica explosión en el paladar, como un castillo de fuegos artificiales disparado a las diez de la mañana. Aparici también muestra un cítrico llamado “mano de Buda”, de pulpa muy ácida. Según parece ser, los chinos y japoneses utilizan la mano de Buda para perfumar las habitaciones y la ropa. Asimismo, la fruta se ofrece como ofrenda religiosa en los templos budistas y de ahí seguramente el nombre. Por cierto, debido a su curiosa forma también es conocida entre los fans de H.P: Lovecraft como la “fruta de Cthulhu”.

Ya de vuelta, solamente queda la prueba del algodón: comprobar como una naranja y media traída de Cullera se convierte en un vaso de zumo prácticamente lleno. Pero, más allá de la cantidad, que es un poco lo de menos, lo realmente reseñable es confirmar lo bien que saben los alimentos de temporada. Y también que hoy día es posible seguir disfrutando de sabores que creíamos olvidados en la niñez gracias al tesón de algunos mayores muy jóvenes como Fede Aparici y familia.

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