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Historia del tenedor

Actualizado: Mié, 15/10/2014 - 09:32

El tenedor llegó a Europa procedente de Bizancio, de manos de Teodora, una mujer a la que el cardenal Pedro Damián acusó de ser un instrumentum diaboli, por sus refinadas maneras orientales
El primer inglés que intentó introducir el tenedor en Gran Bretaña en el siglo XVII fue tildado de afeminado vanidoso
Todavía en el siglo XIX los comensales se causaban con el tenedor heridas en la boca, pinchándose con sus afiladas púas los labios, las encías y la lengua
Si a los españoles les costó tres siglos entender el invento, los alemanes necesitaron 500 años y los norteamericanos 900

Los alimentos que comemos hablan de la época y del lugar en que vivimos, pero también los utensilios que usamos para cocinarlos y consumirlos. Esta es la historia del tenedor, el último de los tres cubiertos inventados, un instrumento en forma de horca, con dos o más púas, que sirve para comer alimentos sólidos.

Aunque corren diversas teorías, el tenedor surgió en el Imperio Bizantino, el estado heredero del Imperio Romano que pervivió durante toda la Edad Media y el comienzo del Renacimiento en el Mediterráneo oriental.

“Pero los bizantinos ya no comían tumbados como los antiguos romanos, sino que lo hacían sentados, al igual que nosotros. Los bizantinos dieron gran importancia a los cubiertos, señal inequívoca de su refinamiento. Así, inventaron el tenedor (del latín “tenere”, que significa tener o sostener), para llevarse cómodamente el alimento del plato a la boca, sin necesidad de tomar el alimento con los dedos, y lo utilizaron de forma cotidiana. En esa misma época, el mayor atisbo de refinamiento en las cortes de los reinos occidentales consistía en que el comensal se trajera su cuchillo y con él pinchara los pedazos más sabrosos o cortara los platos de carne de sus acompañantes; a veces, incluso el cuchillo era innecesario, pues la carne ya venía cortada en porciones”.

El anterior párrafo y los que vienen a continuación están entresacados de las páginas 173 y 174 de “La alimentación y la nutrición a través de la historia”, en concreto del capítulo titulado “La alimentación en Bizancio”, que escribieran Antoni Pons y Josep A. Tur.

“El tenedor llegó a Europa a principios del siglo XI procedente de Constantinopla de la mano de Teodora, hija del emperador de Bizancio, Constantino Ducas. Lo llevó a Venecia al contraer matrimonio con Doménico  Selvo, Dux de aquella república. Pero Teodora para sus contemporáneos era, por ésa y otras refinadas maneras orientales, una mujer escandalosa y reprobable”, hasta el punto que el mismísimo San Pedro Damían la amonestó en el púlpito por estas extravagancias, llegando a llamarla "instrumentum diaboli", ya que era harto difícil comer espaguetis, macarrones o tallarines con semejante instrumento. Desde Venecia, el uso del tenedor se difundió por el resto de Europa. A partir del siglo XI empezó a ser empleado en los grandes banquetes (1).

“En Inglaterra fue el rey Eduardo quien lo usó por primera vez, pero sólo para comer fresas y otras frutas pequeñas Incluso en el siglo XVI la utilización del tenedor en Italia era catalogada de costumbre extraña por parte de los alemanes”.

“En España aparecen referencias en el siglo XIV, como un instrumento que usaban los maestros trinchadores (…) El tenedor se comenzó a usar en la corte española algo después de que se conociera en Italia y Francia; en el siglo XVII, de la mano de Felipe II y de su valido el duque de Lerma, aunque ya el emperador Carlos V lo había usado en ciertas ocasiones”.

“En el siglo XVII Thomas Coyat, viajero inglés, contaba lo generalizado que estaba el tenedor en Italia al decir: "los italianos se sirven siempre de un pequeño instrumento para comer y para tocar la carne. La persona que en Italia toca la carne con los dedos ofende las reglas de la buena educación y es criticada y mirada con sospecha. Thomas Coyat trató de introducir en su Inglaterra natal el uso del tenedor, tal como había observado que se hacía en las mesas italianas, pero el intento le costó que se mofaran de él y que lo tildaran de afeminado vanidoso (2)”.

“Originariamente, el tenedor tenía dos púas y era plano. Se le llamó forqueta u forquilla; este nombre todavía se conserva hoy día en la lengua catalana: forqueta (catalán oriental) o forquilla (catalán occidental). A principios del siglo XVII, el tenedor dejó de ser plano y comenzó a tener tres y cuatro púas (3)”.

“El uso del tenedor no se generalizó en Europa hasta ya entrados en el siglo XVIII o principios del XIX; la razones de esta tardanza pueden achacarse a causas religiosas, sociales e incluso políticas. La realidad es que el rechazo que tuvo el tenedor durante siglos obedecía más a una inhabilidad de los comensales que a una posible falta de utilidad. Los comensales decían que se causaban heridas con ellos, pinchándose con sus afiladas púas los labios, las encías y la lengua, y no faltaban quienes, sobre todo las damas, elegantemente y con gracia, lo usaban para limpiarse los dientes a modo de los populares mondadientes. El uso del tenedor se generalizó en España en el siglo XIX y, en concreto, fue Barcelona la que creó la primera industria para la fabricación de estos utensilios. En los hogares norteamericanos, el uso del tenedor no fue corriente hasta principios del siglo XIX. Es decir, que cuando los occidentales utilizaron el tenedor, los bizantinos ya les llevaban en esto 900 años de ventaja (4)”.

Referencias bibliográficas:

  • (1) De Villena E, Arte Cisoria, Tratado del arte de corta del cuchillo, Madrid, Guillermo Blázquez, editor, 2002.
  • (2) Prose F (2004). De cuchillo y tendeores, e-journal-USA. Disponible en URL: http//usinfo.state.gov/journals/itsv/0704/ijss/prose/htm
  • (3) Spinola (2004). Historia del cubierto. Disponible en URL:http://gastrosur.com/cocinagaditana/cubierto.htm
  • (4)  Heinich N, Elías N. Historia y cultura en occidente. Buenos Aires: Ed. Nueva Visión: 1999. P. 13

Para saber más:

  •  “La alimentación y la nutrición a través de la historia”, Jordi Salas Salvadó, Pilar García Lorda, Josep M. Sànchez i Ripollès, Editorial Glosa, SL, 2005. 488 páginas.

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