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Libros muy nutritivos: Calorías y corsés

Actualizado: Mar, 18/03/2014 - 09:14

Al doctor Horace Fletcher se le metió en la cabeza que había que masticar una cebolla 700 veces. Los escritores Henry James y Frank Kafka se lo creyeron
Lord Byron tenía gran tendencia a engordar que combatía bebiendo litros de vinagre para purgarse. Muchos jóvenes de principios del siglo XIX lo imitaron
Aunque cabe considerar un rumor que la soprano María Callas consiguiera adelgazar tragándose una lombriz solitaria, muchas personas resultaron contagiadas por la ocurrencia y decidieron seguir su ejemplo
Friedrich Nietzsche combatía sus problemas estomacales con agua y productos lácteos
Por más que nuestros lectores piensen que algo así de ridículo no pasaría en nuestros días, la cruda realidad es que las celebrities de hoy proponen métodos todavía más absurdos que los de entonces

¿Qué comía Lord Byron? ¿Y María Callas? ¿Nietzsche también estuvo a dieta después de hablar con Zaratustra? Cada año, cuando llega la primavera, las llamadas “revistas de moda” se llenan de recomendaciones de famosas y famosos para bajar de peso. Sin embargo, no se trata de una tendencia reciente, según explica la historiadora Louise Foxcroft en su libro “Calorías y corsés”, pues las celebridades vienen “dando ejemplo” desde hace siglos.

Frank Kafka y Henry James
Es el caso, por ejemplo, del doctor Horace Fletcher al que se le metió en la cabeza que una buena manera de perder peso era masticar y escupir en abundancia. Su dieta proponía masticar bien la comida hasta extraer todo lo “nutritivo” y después escupir la materia fibrosa que queda en la boca. Por ejemplo, había que masticar hasta 700 veces una cebolla, “así que la gente tenía que llegar pronto a las cenas si quería que le diera tiempo a masticar toda la comida con tanta precisión”, señala con ironía la BBC al reseñar una de las anécdotas que recoge el libro “Calorías y corsés”. Por cierto, entre los seguidores famosos de la dieta de Fletcher cabe mencionar a Frank Kakfa, el autor de “La metamorfosis”, y al también escritor (y excelente “cuentista”) Henry James.

Antes de seguir con el libro vale la pena reproducir lo que escribió el ingeniero y dramaturgo francés Marcel Prévost (1841-1941) sobre Fletcher, al que conoció personalmente a finales del siglo XIX, en su ensayo “El arte de aprender”:

(…) A este médico yankee, destinado a ser un apóstol seguido por millares de discípulos, se le ocurrió decirme cierto día:

Yo como..., ¿por qué como? Para alimentarme, es decir, para asimilar la sustancia que alimentará mi organismo. Ahora bien, yo no puedo hacer nada, una vez que el alimento ha franqueado el esófago. Una especie de noche, de misterio, rodea el trabajo interior, que fabrica con mi alimento, sangre, músculos, grasa, etc. La única parte de la operación de la que tengo conciencia y que se efectúa bajo mi control comienza en mis labios y termina en mi esófago: dura exactamente el tiempo que yo mastico el alimento... Mi atención y mi esfuerzo deben, pues, ejercerse, principalmente, en este período. Voy a aplicarme en masticar de la mejor manera posible, utilizando a la perfección mis mandíbulas, mi lengua, mi paladar, mis dientes, mi saliva y hasta mi pensamiento.

 (…) Al parecer, los fletcherianos han contado el número de viajes que tal o cual alimento debe efectuar de ida y vuelta, en las fauces, o en lo que Homero llama muralla de los dientes; han determinado las emisiones de saliva que corresponden a un bocado de rumpsteack o de espinacas; han determinado con un cronómetro, la masticación de un trago de sopa o de cerveza; pues según ellos debe masticarse la sopa y la cerveza.

Lord Byron
Seguimos con el libro “Calorías y corsés” hablando de otro personaje que ha pasado a la historia de las dietas milagro: Lord Byron.

El poeta británico, según recoge la web de la revista “Familia”,  fue uno de los primeros personajes célebres que contribuyeron a fomentar la obsesión del público con los métodos para adelgazar. A pesar de que siempre tenía una apariencia lánguida y una figura estilizada, tenía una fuerte tendencia a engordar. Según relata la historiadora Louise Foxcroft en ‘Calorías y corsés', durante sus años en la Universidad de Cambridge, su temor a ganar peso lo obligó a seguir una dieta estricta. Para limpiar y purgar su cuerpo (como propone la famosa dieta “detox” que ahora, varios siglos después, está tan de moda con los batidos verdes) bebía vinagre a diario y comía papas (que no patatas…) mojadas en él, lo que llevó a muchas jovencitas y jovencitos a imitarle para lucir el aspecto delgado y pálido del poeta, tan de moda entonces.

Además, Lord Byron empleaba varias capas de lana para transpirar y reducir su masa corporal. Más tarde se atracaba con comida y luego ingería grandes dosis de magnesio. En 1806, Lord Byron pesaba 88 kilos. En 1811, tan sólo 57 kilos. Los registros de Berry Bros&Rudd, una tienda de vinos londinense de St. James, demuestran que el poeta perdió 32 kilos en un año. A este lugar acudían los hombres preocupados por su estilo de vida para pesarse en las balanzas. Cuando vivía en Villa Diodati, una mansión cerca del Lago Lemán de Ginebra, en Suiza, Byron desayunaba una tostada y una taza de té. La cena consistía en un plato de vegetales livianos y una botella o dos de soda, con unas gotas de vino. Por la noche, bebía una taza de té verde (véase este otro escrito de “Comer o no comer”: “La verdad y nada más que la verdad sobre el té verde”). Para controlar las punzadas del hambre fumaba cigarros. Aunque era consciente de que las dietas obsesivas eran "la causa de más de la mitad de nuestras enfermedades", continuaba privándose de comida y, para 1822, su salud se había deteriorado considerablemente.

Ni que decir tiene que debido a la enorme influencia que ejerció Lord Byron sobre los jóvenes de comienzos del siglo XIX su método de adelgazamiento causó mucha preocupación. Según recoge Juana Libedinsky en el diario argentino “La Nación”, George Beard, un famoso médico de la época, llegó a decir: “Nuestras jovencitas están creciendo semidesnutridas por el pánico a incurrir en el horror de los discípulos de Lord Byron”. Se refería a los muchachos que eran "fashion" en ese momento, que se sentían parte del movimiento romántico y asociaban una presencia etérea con una mente delicada.

María Callas
Continuamos este repaso por las celebridades que han hecho un “flaco favor” a la historia de la alimentación con María Callas. A principios de 1900, se empezó a comercializar la dieta de la llamada lombriz solitaria. Muchos años después, surgió la noticia de que la cantante María Callas la seguía, aunque todo parece indicar que se trataba de un rumor, de un bulo, lo que no fue óbice para que muchas jóvenes quisieran experimentar con este gusano de color blanco o rojizo, de cuerpo blando, cilíndrico, aguzado en el extremo donde está la boca, redondeado en el opuesto, de unos tres decímetros de largo y compuesto de cien anillos.

La dieta consistía en ingerir huevos de solitaria en una pastilla. Los huevos se desarrollaban y los parásitos se alojaban en el intestino, viviendo de los nutrientes que ingería la persona que seguía la dieta. Cuando la persona alcanzaba su peso ideal, lo que hacía era ingerir otra pastilla para matar a los parásitos y deshacerse de las lombrices. Expulsar a los parásitos causaba fuertes dolores y complicaciones rectales, porque una lombriz de solitaria puede alcanzar los nueve metros y las toxinas que genera son susceptibles de originar problemas oculares, meningitis, epilepsia y demencia. A pesar de ello, fue un éxito para la industria de las dietas mágicas de aquellos años.

Sin embargo, todo parece indicar que se trató de una leyenda urbana. Tal vez porque Callas envidiaba en el buen sentido a Audrey Hepburn decidió adelgazar hasta ¡36 kilos! hasta logar que la báscula se detuviera en el año 1954 en 55 kilos (llegó a pesar 91 kilos). Según ella mismo declaró –hay que pensar que en broma…– la dieta que siguió no fue otra que ingerir voluntariamente una tenia solitaria en una copa de champagne. Sin embargo, resulta poco creíble (o abiertamente, increíble…) que este “bichito” se despachara  hasta 40 kilos de María Callas.... Parece más plausible la hipótesis de que cambió su modelo de alimentación, como sugieren otras fuentes, recortando el consumo de carne (era una devoradora patológica de carne, normalmente bajo la forma de steak tartare) y añadiendo mucha más frutas y verduras, como vendría a confirmar que después de su proceso de adelgazamiento se mantuviera estable en su nuevo peso.

Friedrich Nietzsche
Terminamos este repaso por las dietas milagro de ayer y de hoy hablando de uno de los grandes: Friedrich Nietzsche. Según se explica la web venezolana “Tu Guía gastronómica”, el autor de “Así habló Zaratustra” (1883) decidió adelgazar a partir de una dieta hipocalórica (“el agua basta”, llegó a decir, avanzándose a la famosa “lighter life” o dieta del agua, un régimen de adelgazamiento que propone beber cuatro litros de agua al día para perder peso y que se ha cobrado ya alguna víctima, como la británica Jacqueline Henson) lo que, al parecer, le ocasionó no pocos problemas:

(…) “Sufrió enormemente de problemas estomacales y su dieta no era muy ortodoxa, tal como lo registra Michel Onfray en un libro casi desconocido titulado “El vientre de los filósofos”. En 1877 comía cosas así: “Mediodía: caldo Liebig, un cuarto de cucharilla de té antes de la comida. Dos bocadillos de jamón y un huevo. Seis, ocho nueces con pan. Dos manzanas. Dos trozos de jengibre. Dos galletas. Por la noche: un huevo con pan. Cinco nueces. Leche azucarada con una tostada y tres galletas”.

(…) “No comía casi carne, no por nada, sino porque era cara.
En 1884 sufría de dolores de estómago, vómitos y jaquecas y se conformaba con “una simple manzana para comer”. Nietzsche consideraba a la cocina alemana como muy pesada y carente de sutilezas, siempre comienza con una sopa, las carnes son demasiado hechas, con legumbres grasientas y harinosas, y los dulces “parecen pisapapeles”. En cambio alababa la cocina del Piamonte italiano, ligera y sutil. Prefiere el té al café, le gustan el chocolate y el queso blanco, prefiere el agua y nada de alcohol. Cuando escribió “Así habló Zaratustra”, Nietzsche padecía problemas estomacales que combatía con mucho agua y productos lácteos y al final de su vida abandonó las carnes y la charcutería a causa de las continuas indigestiones que lo aquejaban.

Aunque las lectoras y lectores de “Comer o no comer” que lean este artículo tal puedan estar tentados a creer que algo así de ridículo no ocurriría en nuestros días, la cruda realidad es que las celebrities de hoy proponen métodos todavía más absurdos que los de entonces. Sin embargo, o tal vez por ello, cada vez tienen más seguidores.

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