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Comida y rango: desigualdad social y auge de la alta cocina

Actualizado: Mié, 28/08/2013 - 21:45

La comida se convirtió en diferenciador social –indicativo de clase y rango– en el momento remoto y no documentado en el que algunos empezaron a disponer de más recursos alimenticios que otros
Cada día, Maximino el Tracio bebía un ánfora de vino y comía entre veinte y treinta kilos de carne
El culto a la abundancia prevalece en Estados Unidos ya que siempre está pugnando por escapar de un pasado dominado por la doctrina puritana del ahorro

En “Historia de la comida” (Tusquets Editores), Felipe Fernández-Armesto, prestigioso historiador y catedrático de la Universidad de Oxford, analiza con maestría las semejanzas entre caníbales y vegetarianos y qué gustos compartían Luis XIV y Duke Ellington.

El libro fue justamente galardonado con el Premio Nacional de la Academia Española de Gastronomía a la mejor publicación de 2004. He aquí lo que se cuenta en la página 163 sobre el momento en que comenzó a haber un status quo en la alimentación:

“La comida se convirtió en diferenciador social –indicativo de clase y rango– en el momento remoto y no documentado en el que algunos empezaron a disponer de más recursos alimenticios que otros. Sucedió pronto. Nunca hubo una edad de oro de la igualdad en la historia de la humanidad: la desigualdad está implícita en la evolución por selección natural. Allí donde sobreviven restos de homínidos en cantidades suficientes y en estados de conservación lo bastante buenos como para poder extraer conclusiones, es posible detectar diferencias entre miembros de lo que parecen ser las mismas comunidades. Los entierros paleolíticos muestran, en muchos casos, correlaciones entre niveles de nutrición y signos de honor”.

(…) “En aquella fase, por lo que sabemos, importaba más la cantidad que los platos seleccionados o la forma en que se preparaban”.

(…) “En la Antigüedad se reseñaban las grandes hazañas digestivas, al igual que los recuentos que hacían los héroes de las víctimas de las batallas, las odiseas de los trotamundos o las leyes de los tiranos. Cada día, Maximino el Tracio bebía un ánfora de vino y comía entre veinte y treinta kilos de carne. Clodio Albino era célebre porque podía comerse de una sentada quinientos higos, un cesto de melocotones, diez melones, nueve kilos de uvas, cien currucas mirlonas y cuatrocientas ostras (1). A Guido de Espoleto le negaron el trono de Francia porque comía con frugalidad”.

(…) “La comida abundante forma parte del imaginario de todos los paraísos terrenales, y también de algunos celestiales, como la recompensa de los mártires musulmanes o las salas de banquetes del Valhalla vikingo. Las grandes comidas caracterizaban la buena vida en la tierra de las Sirenas, según un fragmento de Epicarmo:

´ – Por la mañana, justo al amanecer, solíamos asar anchoas pequeñas y gruesas a la parrilla, un poco de carne de cerdo y pulpo, y lo acompañábamos todo con un poco de vino dulce.

– ¡Oh, pobres!

– ¡Apenas un bocado, ¿sabéis?

– ¡Qué lástima!

– A continuación sólo comíamos un salmonete grueso, un par de bonitos partidos por la mitad, acompañados de sendas palomas torcaces y un pez escorpión (2)´ “

(…) “En un principio, los banquetes reales de Mesopotamia servían para distribuir alimentos de acuerdo a una jerarquía de privilegios determinada por los reyes. (…) Al finalizar la construcción del palacio de Kalhu, Ashurnishabal (883-859 a. C.), recibió a 69.574 invitados en un banquete que duró diez días y en el que se sirvieron 1.000 bueyes rollizos, 14.000 ovejas, 1.000 corderos, cientos de ciervos, 20.000 palomas, 10.000 peces, 10.000 ratas del desierto y 10.000 huevos (3)”.

(…) “En el Edda, los héroes Loki y Logi compitieron para saber quién comía más: ganó el último, tras comerse “toda la carne, los huesos y el mismo plato (4)”

(…) “Heliogábalo era la personificación del exceso, pero no lo movían ni la glotonería –aunque suelen acusarlo de ello– ni su innegable pasión por el lujo. Su obsesión real era la novedad. Buscaba sensaciones inauditas y quería vivir en un mundo en que lo extraño resultara normal. Le atraía sobremanera el surrealismo culinario y convirtió el consumo ostentoso en un arte: alimentaba a sus perros con hígados de oca, y a sus invitados humanos les ofrecía lentejas y guisantes espolvoreados con ónice y oro, respectivamente, alubias aderezadas con ámbar y pescado sobre el que habían esparcido perlas (5)”

(…) “Actualmente, el culto a la abundancia prevalece en Estados Unidos, donde prospera debido a un exceso de riqueza: un ejemplo de derroche y opulencia en una cultura que siempre está pugnando por escapar de un pasado dominado por la doctrina puritana del ahorro”.

(1) Montanari, M., “The Culture of Food”, Blackwell Publishers, Oxford, 1994, pag. 10-11 (Trad. esp.: “El hambre y la abundancia”, Crítica, Barcelona, 1993.

(2)  Citado en Dalby, A., “Siren Feasts: A History of Food and Gastronomy in Grece”, Routledge, Londres, 1996, págs. 70-71.

(3) Flandrin, J.-L., y Montanari, M., eds, “Histoire de l´alimentation”, Fayard, París, pág. 55.

(4) Montanari, M., “The Culture of Food”, Blackwell Publishers, Oxford, 1994, pág. 22. (Trad. esp.: “El hambre y la abundancia, Crítica, Barcelona, 1993).

(5) Peterson, T. S., “Acquired Tastes: The French Origins of Modern Cuisine”, Cornell University Press, Ithaca, 1944, pág. 48.

Para saber más

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