“El cloro del agua del grifo es tóxico”, dicen algunos vendedores de agua embotellada o de jarras con filtros

Actualizado: Mié, 18/03/2015 - 11:32

@JulioBasulto_DN

“Yo vivo de preguntar, saber no puede ser lujo”, dice Silvio Rodríguez en su canción “Escaramujo”, poco antes de afirmar que “si saber no es un derecho, seguro será un izquierdo”. Explico esto porque, además de “silviófilo”, me declaro tan “preguntero” como el cantautor cubano: cuando tengo una duda, mi alma no descansa hasta haberla resuelto, aunque tenga que remover cielo y tierra.

La duda que comentaba me surgió mientras redactaba, el pasado diciembre, el texto “Agua dura, ¿agua más sana?”, y es la siguiente: si el agua del grifo tiene cloro, y la sal (que es cloruro sódico) también tiene cloro, ¿cuánta agua del grifo deberíamos tomar para igualar la cantidad de cloro que hay en los 10 gramos de sal que consumimos, de promedio, los españoles?

Así que, al grito de “saber no puede ser lujo”, tuve la osadía de recurrir al experto Miguel A. Lurueña (@gominolasdpetro), el reputado capitán del blog “Gominolas de Petróleo”. Siempre amable, siempre fidedigno, este doctor en Ciencia y Tecnología de los Alimentos, que vive en Gijón, para más señas, resolvió en menos que canta un gallo mi desasosiego. Transmito sus sabias palabras, e intercalo, con su permiso, algunos aportes:

“A día de hoy, la mejor forma de potabilizar el agua de bebida es utilizar cloro […]”.

Muy de acuerdo. Si bien nadie pone en duda que el cloro es un gas tóxico, tampoco existe experto alguno que considere que el agua del grifo nos envenena lentamente. El agua potable que recibimos en nuestros hogares no contiene microorganismos patógenos (algunos potencialmente mortales) gracias al efecto de agentes como el cloro, un muy efectivo desinfectante a dosis verdaderamente bajas.

De hecho, el cloro es un elemento químico imprescindible para muchas formas de vida, y eso incluye al ser humano. Necesitamos cloro para el normal funcionamiento de nuestras células, hasta tal punto de que el Instituto de Medicina de Estados Unidos fija en unos 2,3 gramos la cantidad de cloro a ingerir mediante la alimentación. En todo caso, la deficiencia de cloro es extraordinariamente rara porque es un elemento habitual en los alimentos. Dicho lo cual, sigamos escuchando a Miguel A. Lurueña:

“[…] El cloro puede añadirse de distintas formas químicas, como hipoclorito de sodio (NaClO), cloro (Cl2) o dióxido de cloro (ClO2). Es decir, todos ellos son compuestos inorgánicos, al igual que la sal (NaCl). Lo que ocurre es que al añadir esos compuestos al agua, el cloro puede combinarse (o no) con ciertos compuestos orgánicos […]”.

Permítanme otro paréntesis antes de seguir con las disquisiciones del Dr. Lurueña, y es que el anterior párrafo revela, para mi alegría, que mi pregunta no era tan absurda, después de todo. Porque el cloro de la sal (10 gramos de sal contienen unos 6,5 gramos de cloro) no es comparable al cloro que encontramos en el agua, como explica este experto. Es decir, si hubiera averiguado la cantidad de cloro que hay en el agua del grifo y la hubiera comparado con la presente en la sal, habría cometido un grave error. Cierro el paréntesis.

“[…] Tanto estos compuestos orgánicos que se forman en el agua, como el cloro libre, poseen cierta toxicidad, por lo que la legislación (RD 140/2003 Anexo I Apartado C) establece límites máximos, tanto para la cantidad de cloro libre residual, como para la cantidad de cloro combinado residual, que son concretamente de 2 mg/l y de 1 mg/l respectivamente. Como ves, son cantidades muy alejadas de los 6,5g de cloro que, aproximadamente, consumimos diariamente a través de la sal o de los alimentos […]”.

Vuelvo a interrumpirle para refrendar este último dato con un dictamen sobre el cloro publicado en 2005 por la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA), que pueden consultar aquí, y en el que leemos que “La media de ingesta de cloruro cotidiana de las poblaciones europeas es de unos 5-7 g/día […] y están muy por encima de las necesidades dietéticas”.

“En definitiva [continúa Miguel A. Lurueña], creo que no tiene mucho sentido plantearse esta pregunta. Sería más fácil aproximarse a esa cantidad si tuviéramos en cuenta los cloruros que pueden estar presentes en el agua de forma natural (derivados de la disolución de minerales, etc.). La legislación establece un límite máximo de 250 mg/l, así que aún así tendríamos que tomar muchísima agua para llegar a los 6,5g. Así, en la peor de las situaciones (agua con el límite legal superior de cloruros), deberíamos tomar unos 26 litros de agua del grifo para igualar la cifra de cloro (cloruros) que tomamos a diario”.

Remata lo anterior con esta clarificadora reflexión “Moriríamos antes por la enorme cantidad de agua ingerida que por la cantidad de cloro”.  Como pueden comprobar en este enlace que nos hizo llegar el doctor Lurueña, cuando tomamos más de 7,5 litros de agua al día nos exponemos a padecer una gravísima condición denominada “hiperhidratación” que puede generar edemas cerebrales irreversibles, comas, o incluso la muerte por un exceso de presión en el cerebro.

En resumen: aunque es verdad que el cloro se usó como arma mortífera durante la I Guerra Mundial e incluso en el transcurso de la guerra de Irak en forma de bombas de cloro, también es cierto que a la dosis y en la forma química en la que encontramos el cloro cuando abrimos el grifo lo único que recibimos son ventajas.

Con la duda solucionada, y feliz de haberla resuelto (“marchito si le pierdo una contesta a mi pecho”, como reza la canción de Silvio) solo me resta agradecer a Miguel A. Lurueña su impagable generosidad en mi nombre, en el de “Comer o no comer” y en el de todos sus y nuestros lectores.

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