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Plantas medicinales “que arruinarían las farmacéuticas”… ¡venga ya, hombre!

Actualizado: Mar, 23/12/2014 - 18:51

@JulioBasulto_DN

Ayer, en el portal Eroski Consumer, dediqué unos cuantos “caracteres” (concretamente, 10.258) a desmontar uno de tantos mitos dietéticos. Su título es “El mito de las 15 plantas milagrosas”. Si lo leen, verán que revisé una por una las supuestas propiedades saludables que recaen sobre 15 plantas muy populares, según un texto que circula por Internet a la velocidad de un Fórmula 1…sin frenos y sin estar al volante Lewis Hamilton, sino un tipo al que seguramente le tocó el carnet de conducir en una tómbola. El texto, titulado “15 plantas medicinales que arruinarían las farmacéuticas”, aparece ahora mismo en 7.980 páginas web y canta las alabanzas de: menta, regaliz, sol de oro, semillas de zaragatona, hipérico, espino albar, valeriana, ginseng, címicifuga, ajo, ortiga, diente de león, lavanda, ginkgo biloba y saúco. No voy a repetir aquí lo que ya detallé en mi escrito, pero sí traeré a colación algunas reflexiones que obvié, para no sobrecargarlo, pero que, en mi modesta opinión, son importantes. Así pues, arrancaré el motor y pondré primera.

En primer lugar, quiero dejar claro que no soy, ni por asomo, un defensor de la industria farmacéutica. Estoy muy, pero que muy de acuerdo con el Dr. Ben Goldacre cuando indica, en su libro “Mala Farma” que dicha industria es un importante y poderoso sector económico (a la altura de la industria armamentística y del narcotráfico) cuyas prácticas no son siempre “limpias” y “trasparentes”. Sin embargo, esto no puede ser tomado de ningún modo como un parte automovilístico que lleve a concluir que las “plantas medicinales” funcionan. Por decirlo con un ejemplo bastante gráfico, porque el recepcionista de un hotel nos haya tratado mal no se puede concluir que el personal que atiende los campings sea la quintaesencia de la bondad, simplemente por competir en un segmento diferente.

Bien, cambiaré ahora de velocidad y pondré segunda. Habrán leído o escuchado que la industria farmacéutica conspira para extinguir las “terapias alternativas”, cuando sucede justo lo contrario: lo que hace es aprovechar la oportunidad comercial que suponen tales terapias para aumentar sus orondas ventas, tal y como explica el profesor Edzard Ernst en su blog.

Dado que me estoy embalando, pondré tercera y hablaré de algunos aspectos económicos, intentando no confundir el tocino con la velocidad. Si bien la industria farmacéutica maneja cifras astronómicas, la fitoterapia (esto es, el uso de plantas o “remedios herbales” como terapia) no es precisamente un mendigo que camine por el mundo como Pablo Picapiedra en su troncomóvil o que pida limosna, pobrecitos ellos, a la puerta de las iglesias. ¡Dios nos libre señor! ¡Al contrario: supone un  negocio muy lucrativo, razón por la cual la industria farmacéutica acaba poniéndose como una moto con tal de querer participar del pastel! El mercado mundial de medicamentos a base de plantas se situaba en 2003 en más de 60.000 millones de dólares anuales según la Organización Mundial de la Salud (OMS). Una cifra que a buen seguro será muy superior a día de hoy, ya que (de nuevo, según la OMS) la popularidad y las ventas de la fitoterapia representan un aumento “constante”.

También quiero dejar constancia de algo más, pese que a que tal vez anime a algunas personas a poner la marcha atrás y salir de este texto a la mayor velocidad posible. Sé que los fármacos tradicionales, sin ningún género de dudas, presentan efectos secundarios. Podemos sumar, desde luego, que los consumimos en exceso. Es algo que se encarga de denunciar una y otra vez el catedrático de farmacología Joan-Ramon Laporte. Este experto ha advertido en innumerables ocasiones que estamos sobremedicados, y que muchísimas muertes son atribuibles al mal uso de los fármacos. En todo caso, los medicamentos pasan por estrictos requisitos de efectividad y seguridad antes y después de aprobarse su comercialización (en este último caso, gracias al “Sistema Español de Farmacovigilancia”). Asimismo, están obligados a recoger en su prospecto (por ley) no solo cuál es la dosis en que ejercen sus efectos terapéuticos, sino también cuáles son los posibles efectos secundarios e interacciones que se puedan presentar al utilizarlos.

Nada de lo anterior ocurre en el caso de los “remedios” a base de plantas. La legislación aplicable a estos productos no establece el requisito de que se realicen ensayos clínicos que demuestren su efectividad y seguridad antes de su comercialización. Esta situación coloca en una posición de vulnerabilidad a los consumidores. No lo digo yo, lo indica el Servicio Nacional de Salud del Reino Unido (NHS). El NHS detalla que ello contrasta con el desarrollo de los fármacos, que sí deben aportar evidencias "robustas" que prueben que son a la vez seguros y eficaces antes de comercializarse.  Por su parte, el NCCAM, el Centro Nacional de Medicina Complementaria y Alternativa de Estados Unidos, indica, literalmente, lo siguiente: “Tenga en cuenta que un suplemento herbal puede contener docenas de compuestos y que muchos de sus ingredientes pueden ser desconocidos”. La cosa no acaba ahí, porque el NCCAM añade tres consideraciones más:

1) “Un suplemento a base de hierbas puede no contener las especies de plantas correctas”,

2) “Las cantidades de los ingredientes pueden ser más bajas o más altas de lo que se indica en la etiqueta. Eso significa que usted puede estar tomando menos o más cantidad de producto de lo que piensa”, y

3) “El suplemento dietético puede estar contaminado con otras hierbas, pesticidas o metales pesados, o incluso adulterado con ingredientes que no aparecen en la etiqueta, ingredientes ilegales, como medicamentos”.

Hablé de esto último en el texto “Sorpresas ocultas en los complementos alimenticios

Sumemos a ello que los medicamentos, aunque pueden causar problemas serios (motivo por el cual no debemos “automedicarnos”), también salvan millones de vidas a diario. Pensemos, por poner un caso, en la insulina para tratar la diabetes. Y ahora limpiemos bien el parabrisas y respondamos sin que la Guardia Civil nos acuse de haber bebido: ¿cuántas vidas anuales salva la fitoterapia? Según el riguroso análisis publicado por Guo y colaboradores en octubre de 2007 en la revista Postgraduate medical Journal, muy pero que muy pocas. En cambio… ¿pueden causar efectos adversos? Revisen el texto que publiqué ayer, y juzguen por sí mismos.

Mi sexta y última reflexión-marcha es que, aún en el supuesto de que los remedios a base de plantas presentaran menos efectos secundarios que los fármacos (de los que, insisto, nuestra sociedad abusa hasta decir basta), esto no sería razón sine qua non para consumirlos. Sobre este particular, lo primero que tenemos que saber de un producto antes de “medicalizarnos” (porque, han de saber, tanto la fitoterapia como el uso de cualquier complemento alimenticio y también, desde luego, la homeopatía, “medicalizan” a la sociedad) es averiguar si de verdad funciona. Como amplía el profesor Edzard Ernst en su texto “La falacia ‘natural equivale a seguro’”:

“El valor de un tratamiento no se determina solo por su seguridad; hay muchas intervenciones seguras, pero inútiles, como también hay terapias dañinas, pero útiles. El valor un tratamiento concreto se determina preguntándonos si se generan más beneficios que daños. Si el tratamiento no es efectivo, incluso el más pequeño de los riesgos podría inclinar la relación beneficio-riesgo hacia el “riesgo”. Si otro tratamiento viene cargado con serios efectos adversos, pero su implementación puede salvar una vida, podría ser de gran utilidad”.

¿Acaso generan más beneficios que daños las “15 plantas medicinales que arruinarían a las farmacéuticas”? Si lo dudan, es que no se han leído los 10.258 caracteres del texto que publiqué ayer. Por si les da pereza, aquí traigo el resumen, que aparece justo al final:

“Como hemos visto, buena parte de los beneficios que se atribuyen a las "15 plantas medicinales que arruinarían las farmacéuticas" están por demostrar. Pero, además, existen posibles efectos secundarios e interacciones que es preciso conocer antes de lanzarse a consumirlas como el que toma un puñado de almendras”.

Y es que la ausencia de evidencias no debe interpretarse como la ausencia de riesgos. Entiendo que esta reflexión resultara impopular para muchos lectores pero, a día de hoy, no me veo en condiciones de recomendarles que cambien de medio de transporte, ante la posibilidad de que no lleguen a su destino o de que su viaje no resulte tan largo y agradable como inicialmente habían previsto, pues las posibilidades de “estrellarse” son, ya digo, muchas. Por cierto, yo, si puedo, prefiero ir a pie.

 

Nota: Muy agradecido a mi amigo y admirado Antonio Ortí por “realizar una puesta a punto” de mi texto con sus siempre geniales sugerencias.

P.D. 23 de diciembre de 2014: Muy agradecido por su impagable revisión del texto, al médico especialista en farmacología clínica Alexis Rodríguez (@Alexis_1971), también amigo, y también admirado.

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