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Placentofagia (comerse la placenta): no lo haga

Actualizado: Lun, 10/07/2017 - 08:33

Las pruebas que justifican que la mujer o el hombre han practicado la placentofagia a lo largo de la historia son muy escasas
Comerse la placenta con patatas o, mucho peor, cruda, es una muy mala idea
Ober concluye que el motivo más plausible por el cual el ser humano en determinadas circunstancias se ha comido la placenta se llama ´hambre´. Nada de “sabiduría ancestral” o entelequias por el estilo
Para la obstreta Maggie Blott, ´no hay ninguna justificación médica (para comerse la placenta). Los animales se comen su placenta para obtener nutrientes, pero en seres humanos bien alimentados, no hay beneficios, no existen razones para hacerlo´
La idea de que la placenta actúa ´como barrera que impide el paso de sustancias nocivas para el normal desarrollo del futuro bebé´ nos da una pista de por qué no debemos ingerirla

@JulioBasulto_DN

Sé que voy a ganarme unos cuantos enemigos (más) por escribir este texto, pero me he levantado pensando aquello de “si no lo digo exploto”. Me parece estupendo que alguien considere romántico plantar la placenta tras el parto junto a la semilla de un baobab. Pero hacer albóndigas con la placenta y comérsela junto a unas judías verdes salteadas, pues ya no me parece tan bien, como amplío más abajo. Llámenme escrupuloso, pero tengo por costumbre no ingerir lo que mi cuerpo ha decidido expulsar. Si la propuesta pasa por comerse la placenta cruda (“para que no pierda sus beneficiosas cualidades”), entonces me parece fatal. La posibilidad de que un nutrido grupo de población contraiga una intoxicación de incierto final es bastante alta.

Todo esto viene a que hoy he recibido otro mail (que no será el último) de una embarazada pidiéndome argumentos en contra de la placentofagia (comerse la placenta tras el parto). Lo que me piden no es fácil. Conozco bastante bien el temario que se imparte en las 22 universidades españolas de Nutrición Humana y Dietética y, créanme, la placentofagia no está en el currículum académico. Tampoco aparece en ninguno de los tratados de alimentación que soporta la estantería que tengo justo encima de mi cabeza mientras escribo estas líneas.

Dándole vueltas a este asunto me he dado cuenta de que en realidad yo no debería esgrimir argumentos en contra de la placentofagia, que es lo que me piden las amables gestantes, sino que alguien debería aportarme sólidas pruebas científicas a favor. No aceptaré como  ”sólidas pruebas científicas” justificaciones como las que siguen: “lo dice un ginecólogo”, “aparece en una página web a favor del parto natural”, “es una práctica ancestral” (como la guerra), “lo hacen muchos mamíferos” (también duermen en el suelo, no se lavan los dientes y no han leído un libro en su vida, y no por ello les imitamos), y mucho menos “Tom Cruise siempre lo hace, y mira qué sanísimo está” (¿no estará sanísimo por ser multimillonario?).

Quiero ver con mis propios ojos artículos científicos serios a favor de la placentofagia (¿leyeron ya el texto “Señalar al melón como causa de su pudrimiento, ensayo aleatorizado y controlado”?). Quiero poder examinar investigaciones que estén publicadas en revistas indexadas, con revisión por pares, llevadas a cabo en una amplia muestra de seres humanos (lo he subrayado adrede) que haya sido seguida durante suficiente tiempo como para poder detectar tanto los supuestos efectos positivos de esta práctica, como los negativos. Si pone “placentophagy” en PubMed (www.pubmed.gov) verá que de eso no hay ni por asomo.

He subrayado “seres humanos”, porque los estudios en ratas, cabras, vacas u otros mamíferos no me valen. En agosto de 2013, “Neurology Today”, la revista oficial de la Academia Americana de Neurología publicaba un texto con un título que habla por sí solo: ¿Por qué los resultados de modelos animales a menudo no se traducen en resultados clínicos?”. Los humanos no somos iguales que el resto de mamíferos en una larga lista de aspectos fisiológicos y metabólicos. Pero hay otros factores que invalidan los estudios en animales, tales como su diseño (que suele ser defectuoso), su análisis estadístico (cuestionable) y la tendencia de las revistas científicas a publicar más a menudo los estudios con resultados positivos que los que revelan resultados negativos.  Esto por no hablar de cuestiones éticas relacionadas con la experimentación en animales. He citado en la bibliografía algunos artículos sobre el tema (Beauchamp TL et al., 2014; Choe Smith CU, 2014; Hajar R, 2011; Valeo T, 2013), pero pueden ampliarlo consultando los apartados “Ethics”, “Threats to researchers” y “Alternatives to animal testing” de este texto de la Wikipedia: http://en.wikipedia.org/wiki/Animal_testing

Otro argumento muy manido es “a lo largo de la historia muchas civilizaciones se han comido la placenta”. Este asunto fue analizado en profundidad en 1979 por el Dr. William B Ober, en la revista “Bulletin of the New York Academy of Medicine”. Su interesante texto “Notas sobre la placentofagia”, repasa aspectos históricos sobre el tema y detalla que las pruebas que justifiquen que la mujer o el hombre hayan practicado la placentofagia a lo largo de la historia son “escasas”. Ober concluye que el motivo más plausible por el cual el ser humano en determinadas circunstancias se ha comido la placenta se llama “hambre”. Nada de “sabiduría ancestral” o entelequias por el estilo. No extraña, por tanto, la respuesta que dió la Dra. Maggie Blott, obstetra y portavoz de la Real Colegio de Obstetras y Ginecólogos (Londres), al ser entrevistada por la BBC en 2006 en relación al tema: “No hay ninguna justificación médica [para comerse la placenta]. Los animales se comen su placenta para obtener nutrientes, pero en seres humanos bien alimentados, no hay beneficios, no existen razones para hacerlo”. Totalmente de acuerdo.

En todo caso, un análisis más reciente, publicado en 2010 (Young SM y Benyshek DC, 2010), revisó 179 sociedades humanas para concluir que la ausencia de la placentofagia es “conspicua”. A la misma conclusión llegó un estudio publicado en febrero de 2014 (Cremers GE y Low KG, 2014).

Es posible que caiga en sus manos un power point que cita un estudio de 2013 con supuestas pruebas a favor de la placentofagia, así que lo analizaremos de cerca. La revista “Ecology of food and nutrition” publicó una encuesta realizada a 198 mujeres que declaraban haberse comido la placenta. El 80% se la tomó “encapsulada”, un proceso que consiste en cocinarla, deshidratarla y meterla en cápsulas. Un 7% se comió la placenta cruda (repito: no lo  haga, el riesgo de contraer una intoxicación es alto) y el resto cocinada. Aunque un 24% reportó aspectos negativos, la mayoría de las encuestadas declaró que les había sentado divinamente. Sin embargo, los responsables de la encuesta (Selander J et al., 2013) se muestran escépticos sobre este particular. Se nota de lo lindo cuando se preguntan: “¿En qué medida las experiencias subjetivas positivas reportadas por las mujeres en nuestra encuesta van más allá de las relacionados con los efectos del placebo?”. Y también cuando afirman: “Hacen falta más estudios que determinen si los beneficios descritos se extienden más allá del efecto placebo, o están distorsionados por la naturaleza de la muestra estudiada”.

Esto último es una manera fina de decir que, como las mujeres “placentofágicas” lo hacen convencidas de que ello les va a proporcionar beneficios, es posible que omitan cualquier efecto adverso y magnifiquen la experiencia. De hecho, Selander y colaboradores indican que “las mujeres que han participado en nuestra encuesta probablemente representan una muestra sesgada de las madres que han participado en placentofagia, ya que reclutamos a las participantes en sitios de apoyo a esta práctica”. 

Es momento de entrar en una de tantas páginas web que están a favor de la placentofagia. Una de ellas se denomina “Parir en libertad, nacer con respeto”, y publicó en 2012 un texto llamado “Placentofagia. Excentricidad o inteligencia?” (sic). Comienza así: “Además de actuar como barrera que impide el paso de sustancias nocivas para el normal desarrollo del futuro bebé [...]” para dedicar a renglón seguido decenas de líneas a explicarnos lo nutritiva, inmunoestimulante, antidepresiva y favorecedora de la lactancia que es la placenta al pil-pil. ¿Bibliografía? Ninguna. Pero volvamos a la primera línea: la placenta actúa “como barrera que impide el paso de sustancias nocivas para el normal desarrollo del futuro bebé”. Vamos a ver: si la placenta filtra y retiene las sustancias nocivas (que lo hace), comérsela no parece lo más sensato, por más “neuroendocrinorestauradora” que sea. ¿Han oído hablar del mercurio, del cadmio, de la acrilamida, de la solanina, de las dioxinas, de los furanos o de las sustancias perfluoroalquiladas? Yo sí. Les aseguro que muchas de dichas sustancias se quedan en la placenta. Eso por no hablar de compuestos presentes en los fármacos que haya podido tomar la madre durante la gestación. Comerse la placenta encapsulada, guisada con patatas o, mucho peor, cruda, es una muy mala idea. Si no me creen, les invito a que pongan en la base de datos de estudios biomédicos PubMed (www.pubmed.gov), la siguiente estrategia de búsqueda:

("Prenatal Exposure Delayed Effects/chemically induced"[MeSH Terms]) AND "humans"[Filter]

Si tienen un rato, lean los 668 artículos que aparecen a día de hoy (20 de abril de 2014). Creo que se les pasarán las ganas de catar una “placenta al alioli balsámico de mercurio aromatizada con escabeche de compuestos organoclorados”…

Nota: Muy agradecido a mi amiga Mar Alegre por ponerme en la pista de este placentario (que no placentero) asunto.

P.D. (21 de abril de 2014). Desde su cuenta de Twitter, Belén (@Hanauma1), a quien le agradezco que me permita compartir aquí su reflexión, comenta otro posible motivo por el que muchos animales se comen la placenta tras el parto: "eliminan pistas del nacimiento".

Si te interesa el tema, Julio Basulto ha publicado, el 3 de julio de 2017, un nuevo post en su web personal titulado: "Placento
fagia (comerse la placenta). Siga sin hacerlo": http://juliobasulto.com/placentofagia-comerse-la-placenta-siga-sin-hacerlo/

Bibliografía

  • BBC News UK. Why eat a placenta? 18 de abril de 2006. En línea: http://news.bbc.co.uk/2/hi/uk_news/magazine/4918290.stm
  • Beauchamp TL, Ferdowsian HR, Gluck JP. Rethinking the ethics of research involving nonhuman animals: introduction. Theor Med Bioeth. 2014;35(2):91-6. doi: 10.1007/s11017-014-9291-7. 
  • Choe Smith CU. Confronting ethical permissibility in animal research: rejecting a common assumption and extending a principle of justice. Theor Med Bioeth. 2014 Mar 22. [Epub ahead of print].
  • Cremers GE, Low KG. Attitudes toward placentophagy: a brief report. Health Care Women Int. 2014;35(2):113-9.
  • Hajar R. Animal testing and medicine. Heart Views. 2011;12(1):42.
  • Ober WB. Notes on placentophagy. Bull N Y Acad Med. 1979;55(6):591-9.
  • Selander J, Cantor A, Young SM, Benyshek DC. Human maternal placentophagy: a survey of self-reported motivations and experiences associated with placenta consumption. Ecol Food Nutr. 2013;52(2):93-115. 
  • Valeo T. New IOM Report: Why Results from Animal Models Don't Often Translate into Clinical Results. Neurology Today. 2013;13(16): 24–28.
  • Young SM, Benyshek DC. In search of human placentophagy: a cross-cultural survey of human placenta consumption, disposal practices, and cultural beliefs. Ecol Food Nutr. 2010;49(6):467-84.

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