Publicidad

Si no te lo comes, no te querré

Actualizado: Lun, 19/01/2015 - 14:58

 

@JulioBasulto_DN

Lo crean o no, mi mujer (Olga) y yo solemos buscar la mesa del restaurante que más lejos esté de cualquier familia con niños. Y no porque no nos gusten los niños, porque la pura verdad es que nos encantan. Lo hacemos para evitar escuchar atrocidades como la que da título a este texto: “si no te lo comes, no te querré”. La salvajada, que diga, la frase, la profirió una mujer el pasado sábado por la mañana, tras constatar que su hijo (quien, por cierto, presentaba un claro exceso de peso) no se terminaba un croissant. Olga y yo apuramos nuestro café y huimos como alma que lleva el diablo, planteándonos qué es peor, si que un niño sienta que el amor de su madre dependa de que él engulla un grasientoazucarado croissant (daño emocional), o el perjuicio físico que supondrá para el niño los kilos de más que arrastrará por culpa de pertenecer al “club del plato limpio” (daño físico).

Cuatro días antes, el martes, pasamos por delante de una máquina expendedora de “comida” (ejem), y volvimos a recibir otra puñalada cerebral. Lean la conversación:

- Mamá, no quiero más.

- Te la has pedido, te la tomas entera.

¿Adivinan qué es esa cosa que se tenía que tomar enterita el pobre niño? Una lata de Coca-Cola. ¿Cómo se les queda el cuerpo? A nosotros, fatal. En el texto “No beba Coca-Cola” tienen lo que opinamos mi mujer y yo (y cualquier dietista-nutricionista que se precie) sobre el dichoso “refresco”.  Si obligar a un niño a comer, tenga el peso que tenga, incrementa el riesgo de que padezca obesidad (además de ser inútil, innecesario, denigrante y antiético), obligarle a ingerir comida basura es una auténtica aberración, créanme. 

Si todavía tienen los ojos en su sitio, agárrenselos bien, porque ahora vienen curvas. Resulta que compartí la anterior conversación (la de la Coca-Cola) en mi cuenta de Facebook (concretamente aquí), y varias personas añadieron frases o anécdotas similares. Algunas son, se lo aseguro, para echarse a llorar. Ahí van:

Olga Espinosa: “Entrando por el portal de casa, una abuela riñendo a gritos a su nieto menor de 2 años porque le ha comprado una palmera de chocolate y la ha dejado casi entera...”.

Ana Lucía Fernandez: “[…] cuando trabajaba de camarera, mas de una vez, sentados a la mesa, los niños pedían "agua" para beber, y los padres corregían: ‘Cariño, hoy hemos salido, pídete una Coca-cola’... Tráele una..."

Mireia Fuero: “Hará unos meses, vi a un padre cómo chantajeaba a su hijo con el patinete si no se comía el donut”.

Montse Moleon: “Yo presencié horrorizada, una tarde de verano, en una terraza, cómo una pareja llenaba de Coca-Cola el biberón de un niño, que no llegaba a un año, y se lo enchufaba para que se estuviera calladito y entretenido un rato, atado en el carro, y poderse comer tranquilos las bravas”. 

Mentiras, chantaje emocional, intimidación, soberbia, presión, violencia, negligencia, autoritarismo…un dechado de virtudes.  Deprimente a más no poder. Si pertenece usted al club de padres que utiliza la coacción para alimentar a su hijo, le ruego que se haga ahora mismo con un ejemplar del magnífico libro “Mi niño no me come” del pediatra Carlos González. Cuando lo acabe, si todavía no está convencido de que debe cambiar de actitud, léase mi libro “Se me hace bola” (tanto el de Carlos como el mío probablemente los encontrará en una biblioteca pública). Mientras los localiza, péguele una ojeada a estos tres textos: 

Ah, y dígale a su hijo lo antes posible la pura verdad: “te querré siempre, comas lo que comas”.

 

Posdata: Si quieren "más madera", no dejen de leer los comentarios que están apareciendo, a raíz de esta entrada, tanto más abajo, como en mi cuenta de Facebook: https://www.facebook.com/julio.basultomarset/posts/782331595186575 Ah, y muchas gracias a todas y todos los que comparten sus experiencias.

Publicidad

Contenido relacionado