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¿La sal del Himalaya es tan supercaligrafilisticaespialidosa como Mary Poppins? Respuesta: no, Mary Poppins lo es más

Actualizado: Mié, 02/04/2014 - 16:19

Pese a que Mary Poppins también tiene poderes y puede bajar de las nubes utilizando el paraguas como paracaídas, su ´magia´ no tiene ni punto de comparación con la que despliega la sal del Himalaya
En realidad la sal del Himalaya contiene un 98% de cloruro sódico, prácticamente lo mismo que la sal refinada, que tiene algo más del 99%
Cualquiera está completamente legitimado para comprar sal del Himalaya, si así lo desea, pero no porque esta sal induzca al sueño o por Alí Babá y los 84 elementos, sino por estar harto de alimentos insípidos y querer experimentar con algo nuevo
La sal de Pakistán que se vende como si fuera del Himalaya recuerda a lo sucedido hace años con las bayas de Goji, de las que también se decía que provenían del Tíbet pese a proceder de llanuras situadas en China
Todo comenzó cuando un autodenominado biofísico llamado Peter Ferreira se dedicó a difundir en Alemania las maravillosas virtudes curativas de esta sal ´proveniente de las altas regiones montañosas del Himalaya´ (sic) y ´no contaminada por el ser humano´
Un breve apunte a pie de página: si lo que se pretende es defender el medio ambiente es una aberración traer toneladas de sal del Pakistán y consumir miles de litros de petróleo para su transporte hasta el Primer Mundo
Si le preocupa su salud, el mejor consejo es sustituir la sal por hierbas aromáticas o, directamente, tomar menos enlatados, embutidos, pre-cocinados, salsas, snacks, bollos y galletas y apostar por alimentos frescos

La sal del Himalaya es una sal cristalina muy bonita, la verdad sea dicha, por el tono rosáceo de sus gemas. La leyenda dice que proviene del Himalaya, donde existía un océano maravilloso habitado por peces de colores, pero en realidad procede, en gran parte, de formaciones salinas de Pakistán, en concreto de una de las minas de sal más grandes del mundo, situada en un pueblo industrial llamado Kherwa, muy cerca de la Fábrica de Cemento Dandot, en las llanuras del Punjab paquistaní, a 288 metros sobre el nivel del mar, es decir, más o menos, a la misma altitud que Oviedo (232) y, por supuesto, a mucha menos que Madrid (655).

Sin embargo, no es esta la historia que corre sobre esta sal tan bonita, cuyo paquete es tan precioso que en ocasiones cuesta alrededor de 24 euros el kilo (aunque se acostumbra a vender en cajas de 250 gramos o medio kilo).

En los últimos tiempos, se han escrito artículos tan majestuosos como el propio Everest sobre esta sal, que ha tocado techo en ambientes alternativos con la promesa de (apunten…) contener los 84 elementos que se encuentran en nuestro organismo, regular el contenido de agua del cuerpo, equilibrar el exceso de acidez de las células, ayudar a limpiar las obstrucciones de moco y flema en los pulmones, actuar como un potente antihistamínico natural, prevenir calambres naturales, reafirmar la estructura del esqueleto (sic), regular el sueño, al ser un hipnótico natural (¡la sal!), mantener la libido, prevenir la aparición de varices en las piernas, estabilizar los latidos irregulares del corazón, equilibrar los niveles de azúcar en sangre, ayudar a reducir la tasa de envejecimiento (sic) y contribuir a la generación de energía hidroeléctrica en las células del cuerpo (¡glups!).

Así pues, a estas alturas del partido, situemos el marcador: Sal del Himalaya 1 Mary Poppins 0. Y ahora la explicación: pese a que Mary Poppins también tiene poderes y puede bajar de las nubes utilizando el paraguas como paracaídas, su “magia” no tiene ni punto de comparación con la que despliega la sal del Himalaya.

Vayamos ahora con una historia “muy salada”. Hace unos años, como recordarán, se pusieron de moda las bayas del Goji. De repente, estas bayas rojas se convirtieron en el producto estrella de la alimentación biológica y comenzaron a ser consumidas, no tan solo en ambientes alternativos, sino también por la pijería. Las bayas del Goji más prestigiosas (y no las que vendían algunas gasolineras…), si hacen memoria, llevaban un sello en el que se podía leer “Tibet Authentic” y la garantía del Colegio de Médicos Tibetano que, según podía leerse en internet, era socio de una de las principales empresas que comercializaban el alimento. Total que a la periodista de “La Vanguardia” Ana MacPherson no se le ocurrió mejor cosa que investigar sobre este asunto. Justo por entonces (2010) comenzaron a publicarse artículos que precisaban que las bayas de Goji no crecían en el Himalaya, sino en China, más en concreto en las fértiles llanuras que bordean al río Amarillo. Por su parte, la periodista Ana MacPherson descubrió cosas todavía más sabrosas tras conversar con Thubten Wangchen, el director de la Casa del Tíbet en Barcelona, quien le confirmó que las bayas de Goji nunca formaron parte de la dieta del Dálai Lama (como se decía) y que los lamas tibetanos no las habían visto en su vida (ni en pintura), según confirmaron ellos mismos. Tanto es así, que en el Tíbet las bayas de Goji solo se venden en las tiendas chinas. Leamos directamente de este artículo la conversación que mantuvo MacPherson con los legítimos representantes tibetanos:

(…) “Vino gente aquí (a la Casa del Tíbet) a enseñarnos las bayas, incluso nos regalaron unos paquetes. Creo que tienen muchas vitaminas y no sé qué más. Los chinos han encontrado un buen negocio, parece. Y como lo chino no significa para muchos calidad, creo que dicen que provienen del Tíbet porque les parece que tiene más prestigio”, razonaba Wangchen, el director de la Casa del Tíbet de Barcelona, el 12 de agosto de 2010 en “La Vanguardia”.

Bien, hagamos un punto y aparte y volvamos con la sal pakistaní que se vende como si fuera del Himalaya. Sobre ella, como decimos, se han escrito muy buenos artículos, como éste, éste y éste. El resumen es el siguiente: todo comenzó cuando un autodenominado biofísico llamado Peter Ferreira se dedicó a difundir en Alemania las maravillosas virtudes curativas de esta sal “proveniente de las altas regiones montañosas del Himalaya” (sic) y “no contaminada por el ser humano”, algo, por cierto, que también se comentaba de las bayas de Goji, que tampoco podían ser “tocadas por manos humanas”, según se pregonaba a los cuatro vientos, excepto (habría que añadir….) por las chinas y chinos que las recolectaban con manos curtidas y ajadas a consecuencia de interminables jornadas de trabajo.

Pues bien, con el reclamo del Himalaya y de su pureza sin parangón, la sal del Pakistán saltó a Suiza, Dinamarca y España, donde se llegó a vender al principio, cuando todavía no se conocía mucho, a 24 eurazos el kilo (ahora se puede encontrar por entre 9 y 12 euros el kilo, es decir, entre 15 y 20 veces más de lo que cuesta un kilo de sal común), lo que llevó al autodenominado biofísico Peter Ferreira a comenzar a gravitar de placer y a vivir prácticamente en las nubes, de donde descendió tiempo después para escribir “Wasser & Salz” (agua y sal), que se convirtió en un best-seller y que propició que se comenzaran a comercializar máscaras faciales del Pakistán (perdón, del Himalaya…), líneas cosméticas, incluso unas lámparas de sal la mar de saladas que presumen de ser un “ionizador de aire natural” y que cuestan un potosí para el poco efecto que producen en comparación con la lámpara maravillosa de Aladino…

Un breve apunte a pie de página: si lo que se pretende es defender el medio ambiente es una aberración traer toneladas de sal del Pakistán y consumir miles de litros de petróleo para su transporte hasta el Primer Mundo, por mucho que estemos necesitados de talismanes de color rosa. En este sentido, cualquiera está legitimado para comprar sal del Himalaya, si así lo desea, pero no porque esta sal induzca al sueño o por Alí Babá y los 84 elementos, sino por estar harto de alimentos insípidos y sin alma o, simple y llanamente, por querer experimentar con productos exóticos, porque la comida ha de emocionar. Visto así, tanto da que la sal proceda del Himalaya o del Punjab pakistaní porque, en realidad, no deja de ser una sal, con las ventajas e inconvenientes del cloruro sódico.

En cuanto al poder nutricional de la sal del “Himalaya”, lo mejor es recurrir a José Manuel López Nicolás y a su blog, “Scientia”. Dice Martínez Nicolás:

(…) “Realmente no hay ninguna evidencia científica que sustente alguna de estas propiedades. En realidad la sal del Himalaya contiene un 98% de cloruro sódico, prácticamente lo mismo que la sal refinada, que tiene algo más del 99%. … ¿y ese 1%  de diferencia le atribuye todas esas propiedades a la sal del Himalaya? ¿Algún estudio científico que lo avale?”.

No, no hay ninguno que lo avale, nos permitimos responder.

Acabamos con una precisión del nutricionista Juan Revenga, al que también hemos tenido el placer de realizar una entrevista mitológica: todas las sales son marinas, absolutamente todas. He aquí lo que escribió Revenga en su día en “El nutricionista de la general”:

(…) “Entonces ¿por qué unas sales tienen tal calificación y otras no? Pues en realidad se trata de una cuestión de normativa alimentaria. Así, en el caso de España el Real Decreto 1424/1983, nos aporta la Reglamentación Técnico-Sanitaria para la obtención, circulación y venta de la sal y salmueras comestibles. Y además la legislación que lo modifica.Según estos textos y entre todas las denominaciones, se entiende por:

  • Sal marina: Es la sal procedente de la evaporación del agua del mar.
  • Sal marina virgen: Cuando se obtiene exclusivamente por la acción del viento y del sol, recogida a mano y lavada sólo en el cristalizador, sin la adición de ningún ingrediente, se puede denominar…
  • Flor de sal: Cuando la capa flotante de la sal cristalizada en la superficie del agua de los cristalizadores, formada exclusivamente por la acción del viento y del sol, se recolecta manualmente y sin lavar ni adicionar ningún ingrediente.
  • Sal refinada: es la sal gema, la sal de manantial o la sal marina, excepto la sal marina virgen y la flor de sal, purificada por lavado o también por disolución seguida de cristalización.
  • Sal vacuum: Cuando la cristalización arriba mencionada se lleva a cabo al vacío.
  • Sal gema: Es la sal procedente de yacimientos salinos naturales [es decir, de lugares donde anteriormente hubo mar y hoy ya no lo hay y solo queda la sal]
  • Sal de manantial: Es la sal procedente de manantiales salinos obtenida por evaporación de las salmueras correspondientes [es decir, de afloramientos terrestres de aguas marinas]”

En resumidas cuentas: pese a que actualmente tomamos más del doble de sal de la que recomienda la Organización Mundial de la Salud (en un 75%, esta sal no proviene del salero, sino que se encuentra en los propios alimentos, especialmente si son muy procesados), no dejan de aparecer sales que se presentan como saludables, cuando en realidad no dejan de ser sal.

En este sentido, si usted está preocupada o preocupado por su salud, el mejor consejo que le podemos dar es que sustituya la sal por hierbas aromáticas o, directamente, que tome menos enlatados, embutidos, bollos, galletas, pre-cocinados, salsas y snacks y apueste por alimentos frescos.

Y si, aún así, necesita un nuevo mundo de luz y color, entonces pásese directamente a Mary Poppins y váyase con ella al número 17 de la calle Cerezo y aprenda a bajar las escaleras deslizándose por la barandilla y a sacar un armario entero de una bolsa vacía. Comparado con esto, la sal del Himalaya, se lo aseguramos, es pecata minuta…

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