¿Por qué parten la pana las dietas milagro?

Actualizado: Mié, 30/04/2014 - 11:56

Las dietas milagro se pueden definir como aquellas que, en palabras de Antonio Ortí, “desafían las leyes más elementales de la termodinámica y de la bioquímica y, sin embargo, triunfan sin distinción de clases sociales” (libro “Comer o no comer”). Triunfan de lo lindo, como puede comprobar si asoma su cabeza por cualquier librería, grande o pequeña. Se me ocurre (el rigor científico de lo que viene ahora es similar al que sustenta la historia de Caperucita Roja, quede claro) que el indiscutible éxito de las dietas milagro podríamos atribuirlo a la confluencia de, pongamos, cinco factores. A saber:

  1. El interés que tienen falsos gurús, charlatanes, estafadores y embaucadores de toda ralea por ganar dinero o popularidad a costa de la salud ajena. Son esos que confunden hacer la quiniela con la epidemiología nutricional relacionada con la obesidad.
  2. Pocos (o nulos) conocimientos nutricionales por parte de la población. De piedra me he quedado hoy al escuchar cómo unos peatones entrevistados al azar por una periodista afirmaban con soltura que el agua adelgaza. Como mucho, uno deja de ganar peso si sustituye el consumo habitual de bebidas azucaradas por agua. Pero de ahí a querer perder 10 kilos de grasa intraabdominal a base de agua del grifo, pues va a ser que no.
  3. Una mentalidad mágica, abundante hasta el punto de que no existe final de revista sin su horóscopo. ¿Cómo no va a triunfar la homeopatía? Es esa mentalidad, quizás (no me hagan mucho caso, insisto, me lo estoy inventando), la que propicia que la alimentación haya dejado de ser masticar y tragar para convertirse en un nicho de auténticas ideologías. Como bien dijo Antonio Ortí en la “entrevista mitológica” que hizo al antropólogo Jesús Contreras, “tengo la sensación de que el hecho de que la religión esté en declive en muchos lugares y estemos perdiendo la fe en el más allá, nos está llevando a depositar las esperanzas en el más acá, en alimentos que te dan la felicidad terrenal, que son anti-aging…Puede que esto esté detrás de la tendencia a demonizar o a atribuir características milagrosas a los alimentos, de la misma forma que surgen sin cesar evangelizadores alimentarios que quieren salvarnos del infierno nutricional y nos enseñan el camino”.
  4. Una sociedad sobrepreocupada por su salud, por su peso y por su figura.
  5. Un tipo de vida que dificulta el cambio de hábitos.

Podríamos sumar otros factores, como el hecho de que no siempre es fácil, incluso en grupos de población supuestamente bien formados, discernir un mensaje fiable de uno torticero o fruto de la más burda e irrisoria rumorología. En este sentido, resulta muy conveniente revisar un interesante texto firmado por la periodista Carmen Pérez-Lanzac y publicado en El País el (30 de septiembre de 2008) cuyo título es clarificador: “Los bulos se disfrazan de noticias en la Red”.

Hay otro factor, ahora que lo pienso, que contribuye a la proliferación de “dietas milagro”: la gran velocidad a la que circula hoy la información. Una velocidad que no solo propaga en un abrir y cerrar de ojos cualquier mensaje, tenga o no fuste, sino que, dado su apremio, genera fallos en la comunicación y en la retransmisión de los mensajes, tal y como señaló el  Dr. Juanjo Cáceres (@juanjocaceresn) en febrero de 2013. Los medios, de hecho, suelen contener consejos dietéticos sin suficiente base científica que los respalde, por motivos que analizamos la periodista Laura Caorsi (@lauracaorsi) y yo en el texto “Consejos nutricionales en los diarios, ¿son fiables?”.

Por todo ello no extraña que triunfen propuestas como, por ejemplo, la desacreditada “paleodieta” o “dieta paleolítica”, esa que garantiza disminuciones en el apetito, mejoras en el colesterol y en los triglicéridos, incrementos en el rendimiento deportivo y, cómo no, pérdidas exitosas de peso “sin hacer ningún cambio en tus hábitos de ejercicio”. Olé. Todas esas falsas promesas (habituales en esta clase de propuestas) aparecen en el libro más vendido sobre el tema, firmado por un tal Loren Cordain, un autodenominado experto en obesidad.

Vale la pena citar, para contrarrestar semejante sarta de insensateces, una frase que aparece en la monografía “Gordos y flacos” (1936), redactada por un verdadero experto, el Dr. Gregorio Marañón (1887-1960): “El obeso adulto, constituido, debe tener en cuenta que un adelgazamiento no será obra de un plan médico, sino de un cambio total de régimen de vida”.

Bibliografía

Publicidad

Contenido relacionado