Publicado: Jue, 13/02/2014 - 09:53
Actualizado: Jue, 13/02/2014 - 09:53
Desde la aparicion del libro “Mindful Ealing: a guide to rediscovering a healthy and joyful relationship with food” (“Comer con conciencia: una guía para redescubrir la relación saludable y divertida con la comida”), obra de Jan Chozen Bays, “una pediatra zen”, según la define Wikipedia, algunos medios de comunicación se han hecho eco de sus “golosas” tesis. Y es que según esta mujer que ayudó a fundar en 1983 un monasterio zen en las afueras de Portland (en Oregon, EE.UU.), existen hasta siete tipos de hambre. A saber: el hambre de olfato (el que sentimos al oler el aroma que sale de una panadería, por ejemplo), el hambre de boca (que nos lleva a probar diversos platos en un bufet para experimentar diferentes sabores y texturas), el hambre de estómago (que lleva a picotear entre horas), el hambre celular (responde a uno de los instintos más primarios y, explica, por ejemplo, por qué la preferencia por el sabor dulce sea innata), el hambre de pensamiento (que nos conmina a reducir las grasas o a comer más frutas) y el hambre de corazón (el que se siente ante un vacío sentimental).
La pregunta es…¿alguien, además de la propia Chozen, tiene constancia y puede documentar que exista, por ejemplo, “el hambre celular”? Pero hay más preguntas que turban nuestra paz interior y que provocan en lo más hondo de nuestro ser un desasosiego que nos impide alcanzar la iluminación espiritual: ¿algún investigador ha documentado en algún trabajo el “hambre de pensamiento”?, ¿existen investigaciones que fundamenten las particularísimas tesis de Chozen?, ¿cómo es que, pese a que no localizamos ningún artículo científico de Chozen (compruébelo aquí), ciertos medios de comunicación toman como un dogma de fe lo que tal vez sea vulgar especulación? Y, no menos importante, si creemos a una pediatra zen cuando dice que hay siete tipos de hambre, ¿por qué no creer a un oculista antroposófico que jure que hay siete tipos de caries dentales?
Cabe recodar, por el contrario, que discernir diferentes tipos de hambres no está exento de dificultades. Hasta la fecha, tenemos un tipo básico e indiscutible, que es el hambre fisiológica. Ciertos autores, sin embargo, lo diferencian del hambre emocional (la que nos asalta cuando estamos, por ejemplo, ansiosos o bajos de ánimo). Así, mientras que el hambre fisiológica surge gradualmente y desaparece después de haber comido, el hambre emocional aparece de repente y nos lleva a seguir comiendo incluso estando llenos, por lo que en ocasiones fomenta un cierto sentimiento de culpa. Otra diferencia entre ambas es que el hambre fisiológica nos pide comida en general, mientras el hambre emocional suele reclamar una comida en concreto (galletas, chocolate, etc.).
Al margen de estos dos tipos de hambre, algunos investigadores se refieren también al hambre hedónico que estaría muy relacionado con la palatabilidad de algunos alimentos específicos y con sus propiedades organolépticas, algo a lo que se refirió European Food Information Council (EUFIC) en el artículo titulado “¿Por qué comemos lo que comemos: factores biológicos de la elección de los alimentos?”.
En suma, salvo que nos demuestren lo contrario (por escrito y con referencias a artículos indexados en revistas científicas), en “Comer o no comer” no damos por bueno que existan siete tipos de hambre, porque sería relativamente fácil ampliar esa lista y sacarse algún otro de la chistera (“el hambre de notoriedad”, por ejemplo…).
Nota: Muy agradecido a Juanjo Cáceres (@juanjocaceresn) por sus aportaciones a este texto.