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Meterse en un berenjenal y…salir con una perita en dulce

Actualizado: Vie, 08/11/2013 - 10:59

Un embrollo, un lío y un jaleo, eso es exactamente “meterse en un berenjenal”. Pero…¿cuándo se acuñó la expresión? Según le contó en su día Victor Pàmies, un estudioso de la paremiología (la ciencia que investiga el origen de los refranes), a la restauradora Ada Parellada, el referido dicho hunde sus raíces en el hecho de que antiguamente (también ahora….) los berenjenales eran zonas de la huerta en las que nadie quería entrar debido a que la mata de la berenjena es muy espinosa y se clava muy fácilmente. Hay una copla popular que lo recuerda:

“El pimiento ha de ser verde,
los tomates colorados,
la berenjena espinosa
y los amores, callados”

Respecto a su origen, el Centro Virtual Cervantes encuadra el dicho en los “arabismos relacionados con plantas, árboles y productos del campo”, dentro del mismo apartado en el que figuran palabras como acerola, acelga, albaricoque, alcachofa, alcaparra, alcornoque, alfalfa, algarroba, algodón, azahar, azúcar, chirivía, retama y berenjena, todas ellas de origen árabe.

Sin embargo, como escribió Parellada en el artículo titulado “Se descubrió el pastel” que publicó la revista “Es”, hoy día el tradicional “meterse en un berenjenal” está perdiendo adeptos a favor de expresiones como “meterse en un jardín” o “meterse en un charco”, lugares donde también conviene manejarse con cautela.

Respecto al dicho “ser una perita en dulce”, Pancracio Celdrán, experto en antropología cultural y fraseología, considera que se trata de una alocución muy antigua que tenía un significado muy suculento en su día, puesto que las peras en dulce fueron las primeras frutas confitadas: el azúcar escarchada cristalizaba en el exterior de la piel y la hacía brillar como una joya de plata en la bandeja del confitero; con su peciolo o rabillo embadurnado de cera roja y el verde claro dejándose notar por entre el azúcar, la pera en dulce era la reina de las confituras. Por esta razón se llama “perita en dulce” a aquella persona, circunstancia o cosa que por su perfección, virtudes o cualidades consideramos o sentimos muy atractiva o de gran utilidad y belleza.

Pero sería imperdonable acabar esta sabrosa historia sin explicar porque se dice “¡es la pera!” y no “¡es la papaya!” o “¡es la chirimoya!”. Al parecer, según cuenta la propia Parellada, al exclamar “¡es la pera!” decimos que se trata de algo excepcional. Pero no, en realidad no nos estamos refiriendo a la fruta, sino al barrio de la Péra, situado en la ciudad turca de Estambul, donde se llevaba a cabo un mercado extremadamente lujoso e inaudito.

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